
La niña está encantada con su bicicleta nueva de Reyes. Pedalea con soltura; aprendió el año pasado, con seis años, después de superar un miedo atroz tras la retirada de las rueditas de seguridad. Luego se hizo demasiado osada y se llevó un par de caídas espectaculares. Lo que recuerdo de ese verano es el llanto incondicional y absoluto de un niño pequeño cuando se hace daño. Llora, tiembla y casi pierde la respiración como si se acabase el mundo por una heridita que apenas requiere unas gotas de agua oxigenada, y a veces ni eso. Los mayores les consolamos con una calma que sin duda les resulta tranquilizadora. Pero luego solemos caer en el error de recordar nuestra propia experiencia: “Huy, eso no es nada, si todavía te quedan muchos trastazos buenos en la bici.... me acuerdo que yo de pequeño... bla, bla, bla”. Y nos embarcamos en la detallada enumeración de nuestras cicatrices infantiles. Pero se me ocurre que para un niño pequeño este relato puede ser espeluznante: “¿Me estás diciendo que voy a sufrir aún más experiencias aterradoras como la caída de esta tarde, de la que aún no se me ha ido el hipo del susto?”. Pues sí. En cierto modo, crecer y darse trastazos en la bici supone aprender a golpes que un rasponazo en la rodilla no es nada en la escala de Richter de la vida. Ellos, benditos, ni se lo imaginan.
(En la foto, la bici Top Bike Teens, elegida por su robustez y por esa pintura malva-rosa ideal para combinar con los cromos de las Monster High. A los pedales, unas Botas indias en color camel. Deportivas, abrigadas y de calidad)
(No es necesario registrarse para participar en este blog)
Comentarios:
Marivi Maravilla2012-02-28
Tienes toda la razón. A mis tres enanos siempre estamos contándoles historias del medievo, ya queda un poco lejos nuestra entrañable infancia, pero la revivimos contándoles nuestras azañas. Responder a este comentario